La semana pasada, uno de los bloques del programa Tercer grado, que se transmite pasadas las 23:30 horas por el canal 2 de Televisa, estuvo dedicado a un debate sui géneris: aclarar la lógica que determina qué es noticia y qué no lo es; qué se lleva “las ocho columnas” de un diario, los “encabezados” de un noticiero y la portada de una revista, y qué se va a las páginas interiores o apenas merece una mención.
Comparado con otros programas similares, como Primer plano del canal 11, creo que Tercer grado es un descarado chacoteo, cuyo primer animador (muy bueno, por cierto) es el periodista Carlos Marín. Si de lo que se trata, para el televidente, es obtener un par de opiniones fundamentadas y valiosas de analistas políticos de prestigio, la mesa del canal 11 se lleva de calle al relajo organizado en el Canal de las Estrellas. Pero si se trata de del llamado infotainment —ese bodrio que es la información vuelta divertimento—, sólo TV Azteca puede igualar o superar a Televisa.
Pero antes de seguir, hace falta establecer algunos límites, saber exactamente de dónde viene esta necesidad por las opiniones y las mesas redondas. Este tipo de programas complementa la oferta de noticias: antes el alud de información y declaraciones, el lector, radioescucha o televidente promedio se ve abrumado y difícilmente puede hacerse una opinión al respecto de nada, especialmente cuando vive en una sociedad donde priva la especialización, y cuando la simple cultura general se está volviendo en el privilegio de una minoría.
De ahí la oferta de opinadores, que debaten e intercambian argumentos entre sí, con distintos grados de chabacanería. El asunto es, claro, que en su horario actual Tercer grado se vuelve naturalmente soporífero. Por eso, sus productores concluyen que hay que volverlo entretenido; y Marín es un alegre patiño que revienta cualquier asomo de seriedad en la discusión… Pero tampoco es que los demás opinadores del programa sean de primer nivel.
Así, la discusión que apunto arriba fue un rosario de lugares comunes. “Que el agua salga de la llave es importante. Que no salga es noticia”, argumentó López Dóriga. Y así se justificó, por ejemplo, que el presunto suicidio del Poeta Caníbal sea la noticia principal de la tarde, a pesar de que en esos días se discutían en el Congreso los detalles finales del Cofipe y una importantísima reforma judicial. ¿Por qué? Porque el interés general o el dios mercado así lo determinó.
Con estos argumentos resulta claro que los medios han renunciado a su modesto papel educativo; que los intereses personales (comerciales, económicos, políticos) de los dueños de los medios determinan los contenidos y el tratamiento de las noticias; que si uno quiere estar medianamente enterado de algo debe leer al menos dos periódicos y sus respectivas secciones de opinión. Vaya, nada que no sepamos gracias a Orson Welles y su genial Citizen Kane.
Pero lo que cada vez es más notable es el lamentabilísimo desaseo y la falta de calidad de la información que ofrecen los medios en México. Eso, al parecer, no es noticia.
Argumentar, con el espantajo de “el mercado” en la mano, que una noticia propia de la nota roja es lo relevante es ya el colmo del cinismo. A este paso, no falta mucho para que los encabezados sólo hagan eco de los resultados del fútbol, del escándalo generado por la actriz o el cantante adúlteros, y de la nota roja del día, y los asuntos públicos se vayan a interiores. El futuro de los medios en México no debe ser el Alarma!, porque un amorfo y analfabeta mercado así lo manda (verifíquense los gravísimos resultados de la prueba Pisa en México). Todo, incluso el mercado, tiene límites; si no, habría que ir y preguntárselo a Greenspan.
Con frecuencia, los conductores de noticieros critican la vileza de la política mexicana; ninguno admite que una vileza muy parecida les dicta los encabezados de sus programas y periódicos y hasta el tratamiento de las noticias.
Pongo dos pruebas: la advertencia que lanzó Al Gore en su discurso al recibir el Nobel fue más o menos ampliamente difundida, porque culpó directamente a los gobiernos de Estados Unidos y de China del inminente desastre climático que amenaza a todo el orbe. Pero el sorprendente avance de México en la implementación de políticas verdes y su liderazgo ambiental fue un hecho ignorado. “Good news is no news”: esta frase resume la perversa lógica de lo importante y lo noticioso.
Ante este fenómeno, estoy convencido que los medios mexicanos (impresos, radiales o televisivos) demandan a gritos la figura del ombudsman del lector. Se trata de una práctica que El País —el periódico de la transición democrática en España, hoy venido a menos— puso de moda y que ayudó no sólo a fortalecer la línea periodística de ese diario, sino a volver transparente su relación con el lector y con quienes eran protagonistas de las noticias.
Un “defensor de los derechos del lector” ayudará a conciliar lo importante con lo relevante y lo noticioso, y dará elementos para que la información y las opiniones se sustenten en datos duros, se mejore la calidad de las noticias y (no menos importante) se expresen en una prosa correcta y aseada.
Al menos será una voz discordante en las reuniones editoriales, al parecer más preocupadas por la venta de espacios de publicidad que por cumplir con una función que la sociedad les ha encomendado: informar bien y a tiempo.
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1 comentario:
Tampoco me gusta Tercer Grado, pero es interesante ver las filiaciones políticas y el pobre criterio de algunos de los informadores -decir periodistas es una exageración- más importantes (en función del tiempo aire del que disponen) de México. Lo veo por morbo.
Coincido igual en la pobreza de las coberturas informativas de los medios nacionales para temas, en mi parecer, mucho más importantes y creo, sobre todo, que es un problema que no han estado dispuestos a resolver los dueños de los medios. Ante la terrible falta de lectores en el país se han decantado por jerarquizar y empaquetar información espectacular sobre la importante. ¿Si los diarios, por ejemplo, tuvieran en sus portadas temas periodísiticos más serios y más amplios se leerían más o menos?. La respuesta que ellos tienen es que se leerían menos. No me imagino que un un press ombudsman resuelva el problema del magro periodismo mexicano. Se necesecitan lectores, urgente, después creo que todo podría avanzar.
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